Un comienzo fuera del tiempo o la ruta de Los Hocinos

Esta mañana he acabado por fin el artículo de la ruta de Los Hocinos. Me sorprendió la soledad del camino, a pesar de que ya está convenientemente señalizado; sólo encontré a un hombre con mono azul que repartía paja a una manada de vacas tras un murete de mampostería. La sensación de soledad se hacía aún más intensa porque a los lados del camino quedaban restos ruinosos de antiguas edificaciones, algunas de ellas molinos en los que aún pude ver restos de sus piedras. Los gruesos dinteles de granito sobrevivían en su lugar originario rodeados de hierbajos y plantas trepadoras. El río, con un nombre tan medieval -Corneja-, se había remansado y se expandía en el punto en que el camino desembocaba por primera vez en su ribera; pero luego, el camino se separaba momentáneamente, aunque discurriendo en paralelo al cauce, hasta reencontrarse en el puente romano que lo cruzaba. Pensar en que la ruta hoy abandonada fue alguna vez tan importante que mereció la construcción de un puente y de varias casas me condujo al resabido tópico bíblico del vanitas vanitatis. Y una vez más anoté mentalmente la inestabilidad del valor simbólico que atribuimos a los lugares. Ahora sólo existen las cintas grises de las carreteras y cuanto se ha acomodado a sus orillas; lo demás, es territorio natural, salvaje, ámbito del recreo o de la menguada aventura. Sin embargo, en el pasado, las coordenadas del mundo eran otras. Y, por supuesto, el futuro aniquilará también nuestras certezas.
Naturalmente, en el artículo no incluía estas reflexiones tan certeras como prescindibles. Me limitaba a describir las características de la ruta, el entorno, los accesos, me detenía en la impresionante encina centenaria que servía casi de pórtico al camino... Respetaba el guión tácito que establece la revista para la admisión definitiva de los artículos que encarga o que les son ofrecidos por freelances como yo.
Luego, después de comer y con la taza humeante de café me he sentado a la mesa con intención de escribir de otro modo.







Quería iniciar un trabajo más literario. Lo llevaba rumiando durante semanas. Y estaba convencido de que esta tarde era el momento, el primer paso en otro camino fatigoso y ameno. Pero en seguida me he tropezado con las dudas, esos espacios sin desbrozar, tan difíciles de recorrer, entre las intenciones y las palabras. ¿Cuál era el enfoque que debía elegir? ¿Sería mejor optar por el tono autobiográfico -aunque fuese falsamente autobiográfico o dudosamente autobiográfico- o por la ficción más descarada? ¿Encajaría mejor para mi propósito la primera o la tercera persona? ¿Debería adaptar el argumento a una estructura clásica o a una en espiral o tratar de imaginar una versión dulce de hipertexto? En fin, las dudas que asaltan a todo escritor, ahora inoculadas en el personaje.

El río Corneja, una veintena de metros más allá de atravesar apresuradamente por los ojos del puente de zapatas, pilas y estribos naturales, desaparece bruscamente bajo una gruesa capa de enormes rocas graníticas. Un silencio congelado apaga de repente el rumor ensordecedor del río. Ese puede ser también otro modo de escribir una historia.

He escrito estas notas, he revisado de nuevo las fotos y he lamentado que no me hubiera acompañado Félix para sacar un partido más brillante a ese escenario real y fantasmagórico al mismo tiempo.